sábado, 25 de agosto de 2012

SEGUNDO BORRADOR DE LA CRÓNICA: "La primera vez que..."


 SUSTO NO DESEADO

Por: Maria Daniela Mantilla Beltrán

Desperté con el ruidoso sonido del ventilador, las sábanas encima de mí, suaves como un algodón, las sábanas encima de mí, suaves como un algodón, escuchaba el grito de mi padre que decía -Danielita, vamos a montar cicla, levántese rápido que ya está muy tarde, ¡vamos, vamos!

Yo, con el sueño que tenía, no quería ni pararme, pero lo que más anhelaba era aprender a montar bici. En minutos me levanté, le pedí la bendición a mis padres y saludé a mi hermano que seguía durmiendo en un sueño profundo. No quise ni bañarme, ni comer, ni nada, solo ir al garaje, coger mi cicla y salir de una, pitada a montar. Mi padre era quien me estaba guiando, él, par que yo aprendiera, me dejaba las rueditas al lado y yo, con mucha seguridad, salía a montar si miedo. 

Aquel día saqué mi bici, no me fije en si tenía las dos rueditas, solo la cogí y salí. Al llegar a una cima de la que me iba  a tirar mi padre me dijo –¡Cuidado Daniela! –yo de repente me asusté, pero de una me lancé. En el trayecto de la bajada miré hacia abajo y precisamente tuve que mirar las ruedas traseras que no estaban, entré en pánico porque mi papá se las había quitado y comencé a gritar –¡Papi, papi, papi, por qué no me dijo! –casi me muero del susto y él allá riéndose –¡Venga recíbame, rápido, papi , papi, rápido. Estaba entre muy feliz y super asustada. Al ver que mi padre seguía sonriendo yo paré la cicla y me quedé quieta, luego me bajé y me devolví para la casa y mi padre me dijo –Hija, sí ves que sí se puede, todo está en divertirse.

Después de ese espectacular día, no dejaba mi cicla sola ni para ir a la tienda y traer una bolsa de leche que mi mamá me pedía. Puedo decir con seguridad que hay días espectaculares y ese. Ya pasados varios años, cuando ya vivíamos en otro lugar mis padres tuvieron la horrible y caritativa idea de regalarle la cicla a mi prima, muy lejana ella, porque yo estaba muy grande y ya me quedaba muy chiquita y el resto de cantaleta. Yo estaba muy triste, a decir verdad estaba llorando, no podía creer que mi cicla, con la que había aprendido a montar, la fueran a regalar así como si nada.

Recuerdo su color azul rey brillante, chiquita como yo, en realidad adoraba esa cicla, más que a mis barbies, y lo más terrible fue que mi padre me la había pintado de ese color porque era mi favorito. Casi me muero, pero ellos me explicaron que no era por hacerme sentir mal,  sino por darle diversión a mi prima que no tenía recursos para que sus padres le comprasen una bici. Ese día aprendí que en la vida  no solo hay que tener y tener sino dar y hacer feliz a los demás.
 

VIAJE A CARTAGENA


Por: María Paula Corzo Mantilla
 
Fue un viernes en la madrugada cuando todos en mi casa nos alistábamos para irnos de viaje. Todos los padres de familia y las alumnas estaban muy ansiosos por ir a conocer Cartagena. Los papás se fueron en un bus que no tenía aire acondicionado y nosotras, las niñas, nos fuimos en uno súper grande que tenía dos televisores y un muy buen aire acondicionado. 

Al ir llegando a Cartagena nos encontramos con un largo trancón que nos tocó esperar por poquito tres horas, mientras pasaba ese trancón en el bus, nosotras bailamos, hablamos por celular, estábamos muy bien, pero ya después nos aburrimos mucho. Luego le pedimos al señor del bus si nos podía poner una película, y amablemente él la puso. Unas nos quedamos dormidas, otras simplemente no la vieron y pues unas pocas sí la vieron. Al llegar a Cartagena nos hospedamos en un hotel. Todas estábamos felices y teníamos mucha hambre, al lado del hotel quedaba McDonald, así que le pedimos a nuestros papás que nos llevaran a comer. Fuimos y comimos una porción de papás y luego nos dirigimos al hotel.

Al llegar la noche el entrenador nos pidió salir  a la playa, todas salimos y ya era tarde, así que no podíamos meternos al mar, entonces nos quedamos en la arena y empezamos a entrenar. Hicimos pirámides y lanzamientos que era lo que nos preocupaba. Cuando nos llegó la hora de dormir todos nos acostamos, recuerdo que fue un día bastante largo, pero como no falta en nosotras las adolescentes, empezamos a asustar a los papás y entrenadores, pero la entrenadora se levantó y nos regañó así que todas nos fuimos a dormir.

Al otro día nos levantamos a las 5:00 a.m. para ir a la competencia. Yo estaba muy nerviosa porque realmente me había esforzad mucho para ganar esta competencia. Entramos y fuimos como las octavas en presentarnos. Todo nos salió muy bien y yo estaba súper feliz. 

Como a las dos horas llegó puntaje e iban a nombrar a quienes habían ganado. Empezaron con la categoría Pigui, luego Junior y quedamos de cuartas, no alcanzamos a quedar de terceras así que perdimos, pero no me dio tan duro, otras niñas lloraban y armaron pataleta, estuvieron muy tristes.

Al llegar al hotel fuimos y almorzamos, luego fuimos a lo mejor de la playa, todas nos fuimos a colocar el vestido de baño, yo me dirigí donde mi mamá para que me prestar el bloqueador, me eché bloqueador y nos fuimos para el mar, el mar no nos quedaba lejos, era a la otra cuadra del hotel, llegamos al mar y todo era tan perfecto que  hasta mi mamá nos mandó a hacer trencitas a mis hermanas y a mí. Montamos en gusano y en lancha, luego nos fuimos para el hotel porque se estaba oscureciendo.

Al llegar al hotel nos bañamos y nos alistamos nuevamente para salir. Nos fuimos para el castillo y la ciudad amurallada. Fue la primera vez y me pareció de lo mejor, nos tomamos fotos y caminamos, montamos a caballo por la ciudad amurallada. Llegamos al hotel y caímos rendidos en la cama. Al otro día fuimos a dar un paseo  por toda la linda Cartagena, almorzamos cerca al mar y volvimos al hotel, nos dirigimos a alistar las maletas para seguir nuestro paseo.

Nos subimos al bus y nos despedimos de Cartagena. Nos volvimos para Bucaramanga  y, en el trayecto casi medio viaje llovió y fue lo mejor porque todas quedamos dormidas hasta llegar a Bucaramanga y llegar a nuestras casa.


MI GRAN PÉRDIDA

                                                     Por: María Fernanda Sandoval Quiñonez






Era un día soleado, un poco caluroso, para cualquier persona era un día perfecto para ir de paseo, ir a piscina o disfrutar de un grandioso día familiar, pero lastimosamente todo ese panorama no concordaba con lo que sucedía dentro de mí ni con lo que estaba pasando en mi familia. Fue el 7 de agosto de 2008, mi nonito ya venía presentando serios problemas de salud, estaba luchando contra una neumonía que lo indisponía. Yo estaba donde mi tío Mario con mi hermana, mi tía y mi prima, ya era la hora del almuerzo y decidimos bajar a la casa de mi nona. Apenas llegamos, Nefer, un amigo de la familia, entró a preguntar por mi nono, cuando inesperadamente sonó el teléfono, era mi mami, quien estaba acompañando a mi nono en la clínica junto con el resto de la familia. Mi tía contestó, después de tener el teléfono en la oreja por aproximadamente unos diez segundos sin decir nada, lo colgó y soltó en llanto. Me quedé mirándola fijamente, presentía que algo malo había sucedido, pero guardaba la esperanza de que no fuera lo que me imaginaba.

Me dieron la noticia, mi tía fue la encargada, sentí que todo se me bajaba, quedé en shock. A mi mente se vinieron innumerables recuerdos sobre él, me acordé de su sonrisa, de sus abrazos, de los momentos que pasé junto a él. Quería pensar que era mentira, que eso no estaba sucediendo, pero era imposible, lo irremediable había ocurrido. En mi familia ya habían sucedido casos similares, pero fue hace mucho tiempo, yo estaba muy chiquita y no lo recuerdo.

Mi nonito había muerto y yo tenía que aceptarlo. Nunca había sentido eso, no podía ocultar mi llanto, mi tristeza, sólo pensaba en que no lo volvería a ver, en que no lo volvería a abrazar, en que ese abuelito que amaba, que me demostraba su amor, que me compraba bombombunes, que siempre disfrutaba de mi presencia, que se emocionaba por mis logros y sufría por mis tristezas se había ido y sólo lo volvería a ver en fotos, en sueños o en mis recuerdos.

Por la tarde llegó mi mami, estaba un poco afectada pero ella trataba de controlarse por nosotras, para no preocuparnos más. Se arreglaron, se vistieron y se fueron a la funeraria, yo me quedé con mi tía en la casa, aunque ya tenía conciencia de lo que pasaba, mi mami decidió que era mejor que no fuera. En la funeraria, según lo cuenta mi mami, poco a poco fue llegando toda la familia, porque aunque es decepcionante, la familia se reúne cuando se pierde un miembro de ella.

Al día siguiente fue la misa en la iglesia del Mutis, yo me arreglé y me vestí de negro, como es usual en estos casos. Cuando comenzó la misa y entraron el cajón donde descansaba el cuerpo de mi nono, otra vez sentí esa sensación horrible, ese nudo en la garganta que no me dejaba aguantar el llanto. Sentía desespero de saber que ahí, delante mío estaba mi nono, pero que no podía verme, escucharme, sentirme, que no podía abrazarlo ni recordarle cuánto lo quería.

Al finalizar la misa todos se fueron al cementerio, pero yo decidí irme para la casa, quería recordar a mi nono como lo conocí, como la última vez que lo vi y no con la imagen de la tierra cayendo encima de su cajón y dejándolo sepultado en ese pasto.

Ya han pasado cuatro años desde su partida, pero cada aniversario de su muerte lo recuerdo como mi nono querido y aún hoy, escribiendo estas líneas, me da nostalgia y siento que me encantaría tener la posibilidad de volver a verlo y sentirlo.






MI PRIMERA PIJAMADA

                                                         Por: Silvia Juliana Sandoval Quiñonez




Un día de 2010, en una madrugada fría y opaca  como era muy común, desperté entre somnolienta y feliz ya que sabía que iba a ser un día muy especial. Por un lado tenía un esperado paseo que había armado el colegio y, por otro, mi mayor causa de felicidad en este día era que mi mejor amiga tendría una pijamada conmigo y se quedaría todo el fin de semana jugando y divirtiéndose en mi casa.

Era una ocasión muy esperada para mí ya que había sido aplazada por mucho tiempo. Las llamadas a su casa todos los días para ver si sus padres la dejarían ir era mi mayor preocupación, me inquietaba la idea de que no la dejaran venir. Por suerte esto nunca sucedió, todo estaba por hecho, mi amiga se quedaría en mi casa.

Después de salir de mi casa como era común todos los días para coger la ruta que me lleva al colegio, me subí muy emocionada y encontré que mi amiga Mafe me tenía un puesto guardado en el cual me senté con ansias de lo que me esperaba para ese día. Al llegar a mi salón, todas las niñas estaban ansiosas por irnos al paseo pero yo solo seguía pensando en la pijamada que era mi momento esperado. Cuando por fin llegamos al paseo todas se bajaron  muy felices. Hicimos una caminata, miramos árboles y animales hasta que después por fin volvimos al colegio para volver a nuestras casas. Cada una se fue en su transporte y acordamos encontrarnos en mi casa en la tarde.

 Luego de esperar demasiado tocaron mi puerta, con una gran emoción abrí y abracé a mi amiga e inmediatamente empezamos a jugar. Se instaló en mi habitación y empezamos a hablar. Mafe iba muy descomplicada con su cabello suelto, un pantalón licra y una camisa de tela suave. Como ese día que era su llegada era tardecito, como las seis, decidimos comer y acostarnos a dormir.

A la mañana siguiente nos levantamos muy temprano, desayunamos, reposamos y no esperamos para irnos a la piscina. Nos pusimos los trajes de baño y nos fuimos inmediatamente. El lugar estaba solo, soleado y a la vez fresco, estábamos felices porque tendríamos toda la piscina para nosotras solas por varias horas. Cuando llegamos a la casa lo único que queríamos era dormir ya que estábamos rendidas por lo que habíamos nadado y jugado, Después de comer nos fuimos a dormir.




MI TÍO ALEX

Por: Yady Paola Espejo Velásquez 

Mi abuela, mi tío y mi mamá
El seis de diciembre del 2011 a las siete de la mañana me levanté con una grata y maravillosa sorpresa: mi tío Alex y su esposa habían llegado. Después de un largo viaje se encontraban en la puerta de mi casa.

Fue una gran sorpresa porque yo no lo conocía. Mi mamá lo busco durante muchos años, pero jamás supo nada de él, solo pudo saber mi tío hasta ese momento. Él es hermano de mi mamá, pero nunca lo conoció porque él fue producto de una infidelidad de mi abuelo Carlos Arturo. Sin embargo, mi mamá nunca le tuvo rencor, pues mi abuelo, según me contó mi madre, siempre hablaba bien de él.

Mi mamá duro buscándolo once años, pues mi abuelo le pidió cuando se estaba muriendo que por favor lo buscara y le pidiera perdón por él no haberlo reconocido. Mi mamá lo buscó por internet, llamó a parroquias, pues ella sabía que él era cura, y a programas televisivos de reencuentro, pero nunca recibió buenas noticias sobre su paradero. Hasta que un día inesperado la llamó mi abuela Rosalba de Medellín, ella estaba llorando de felicidad porque había aparecido mi tío Alex, entonces con la buena noticia mi mamá con mucha alegría empezó a llorar, pero como yo no sabía lo que pasaba me preocupé porque pensé que pasaba al muy malo, entonces decidí llamar a la señora de al lado, que es nuestra mejor amiga, entre las dos tranquilizamos a mi mamá que estaba muy nerviosa y luego nos contó lo que había sucedido.

En ese año yo me estaba preparando para hacer la primera comunión, entonces para conocerlo mi mamá lo invitó a la celebración que se llevaría a cabo el ocho de diciembre. Él se puso muy contento porque venía a conocernos y me dijo que por ser su sobrina él me regalaba la torta con mucho cariño.

Llegó diciembre y con él mi tío Alex y su esposa Martica. Mi papá y mi hermana fueron a recogerlo al aeropuerto a donde llegó a las siete de la mañana. Cuando llegaron a mi casa el encuentro fue muy emocionante porque todos, mi mamá, mi abuela, nuestros vecinos más cercanos y yo, salimos a saludarlos, pues teníamos muchas ansias de conocerlo, lo abrazamos y lloramos de felicidad. Mi mamá le tenía preparado un rico y delicioso desayuno que tenía: arepa, huevos, chocolate, pan, galletas y queso. Todos nos sentamos a la mesa y, mientras comíamos, contamos historias de nuestras vidas, entre ellas mi tío nos conto porque se había retirado de cura y cómo había conocido a Martica su esposa.

Aunque ahora él está trabajando en los Estados Unidos  estamos en contacto por teléfono y por facebook. Él quiere que mi familia y yo vallamos a visitarlo, porque él no puede venir este año ya que tiene mucho trabajo. Ahora nosotros tenemos una muy bonita relación y nos queremos mucho.


FIN



MI PRIMER ACCIDENTE


Por: Critopher Janncarlo Arenas Prada


Hace aproximadamente ocho años, cuando estaba aprendiendo a montar bicicleta, tuve un terrible pero gracioso accidente: como a las tres de la tarde, cuando ya había almorzado, salí a montar bicicleta en un pasillo que queda en medio de un muro y una casa esquinera y al final de este hay una canaleta. Estaba muy contento jugando con mi bicicleta nueva,  ya que apenas me la habían comprado una semana antes,  alcancé a recorrer el pasillo siete veces ida y vuelta antes del incidente.

Aunque la bicicleta tenía  aun las ruedas auxiliares en la parte de atrás, yo sabía manejar un poco la bicicleta, así que el accidente no fue culpa mía. Todo sucedió porque la palanca del freno se quedó pegada y no quiso  frenar, cuando se presento la falla yo me iba acercando al final del pasillo, en donde había al final un murito de más o menos  unos trece centímetros de alto    y después de eso había una gran colina, en la cual  había una pared  de concreto  que medía  como metro y medio o dos metros de altura, además este muro tenia alambre de púas,  yo me asuste porque la bicicleta no frenaba y salte de ella, yo caí al piso mientras que la bicicleta siguió derecho y chocó  contra el muro más pequeño  y rodo loma abajo, chocando con el muro que tenia alambre de púas.

Cuando buscaba la forma de sacar mi bicicleta del abismo donde había caído,  llegó mi papá a ver que me había pasado, pues un niño de la cuadra le había  avisado,   mi papa me regaño y me entró mientras tanto él se quedo tratando de sacar la bicicleta. Finalmente mi papá rescato la bicicleta, y al siguiente fin de semana yo estaba nuevamente montando mi bicicleta.

Este fue para mí un accidente gracioso porque fue mi primer accidente, hoy me acuerdo de este incidente  con alegría,  pues vivo para contarlo y aunque he tenido otras caídas la que mas recuerdo es esta.



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